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Dos surcoreanos fueron acusados de cultivar cannabis en un búnker subterráneo oculto bajo un invernadero en Ganghwa-gun, Incheon, después de haber recibido créditos blandos, descuentos eléctricos y apoyos públicos para montar una granja inteligente. El caso muestra que, cuando el cannabis sigue empujado a la clandestinidad, el negocio aprende a prosperar dónde encuentra dinero o cobertura, incluso en uno de los países con la legislación más dura contra la planta.
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