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Los convenios prohibicionistas intentan regular cómo nosotros, los humanos, debemos relacionarnos con diversas sustancias psicotrópicas. Dictan cuáles presentan un terrorífico peligro para la salud pública, y también dictan cuáles son útiles terapéuticamente. Pero, a la práctica, no son más que una sarta de sandeces esgrimidas por señoros de los años sesenta en un intento de aplacar el pánico moral de una sociedad enferma. Sin embargo, los convenios siguen ahí, haciendo que ciertas constelaciones de carbono, hidrógeno, nitrógeno, oxígeno y algún elemento más queden fuera de las leyes humanas, a pesar de que algunas de estas nunca hayan penetrado el cerebro de ningún mortal.
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