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Bob Weir se fue recordándonos una idea incómoda y luminosa a la vez: que el final quizá no sea un portazo. En torno a Grateful Dead, esa intuición se convirtió en una manera de cantar y de reunirse, con canciones que rozan lo que no se puede explicar del todo y una comunidad que sigue sosteniéndose a base de afecto compartido y añoranza por la mística de los parking lots.
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